El memorando de entendimiento entre ambas estatales energéticas busca evaluar yacimientos en profundidades de más de 300 metros, una estrategia de largo plazo que alerta a especialistas por la falta de transparencia y los altos riesgos de derrames en zonas de alta biodiversidad.
Las petroleras estatales Petróleos Mexicanos (Pemex) y Petróleo Brasileiro (Petrobras) firmaron un memorando de entendimiento en Río de Janeiro, Brasil, con la participación del director de Pemex, Juan Carlos Carpio, y la presidenta de Petrobras, Magda Chambriard. El acuerdo contempla la cooperación en refinación, petroquímica, fertilizantes, biocombustibles y la eficiencia en campos maduros. No obstante, la prioridad operativa se enfoca en la exploración y explotación de hidrocarburos en aguas profundas (de 300 a 760 metros de profundidad) y ultraprofundas (superiores a 760 metros) en el Golfo de México.
La alianza no implica inversiones ni compromisos inmediatos de producción. Sin embargo, analistas y científicos advierten que prolonga la dependencia de los combustibles fósiles más allá de 2030, en un contexto donde los yacimientos convencionales terrestres y de aguas someras registran dos décadas a la baja. En las áreas proyectadas —como el Área Perdido, Cordilleras Mexicanas y Cuenca Salina del Istmo— el Plan Quinquenal de Licitaciones 2020-2024 estima recursos prospectivos de 8 951.8 millones de barriles de petróleo crudo equivalente, con un remanente recuperable de 500.2 millones.
Especialistas señalan que las operaciones en aguas profundas implican importantes barreras técnicas y de financiamiento. Entre las mayores dificultades operativas destaca la prospección sísmica bajo gruesas capas de sal (reservas presalinas), un área donde Petrobras posee experiencia pero que dificulta la precisión de los estudios. El paso desde las fases exploratorias hasta la primera extracción puede demorar cerca de una década, tal como ocurre con el campo Trion, primer proyecto de este tipo adjudicado en 2016 y cuya producción comercial se proyecta para 2028.
El aspecto ambiental concentra las principales alertas. Análisis científicos sobre la actividad operativa en el Golfo de México entre 1996 y 2010 indican que por cada 30 metros adicionales de profundidad del agua, la probabilidad de un incidente o derrame aumenta en un 8.5 %. Las maniobras a esa escala se ven expuestas a eventos meteorológicos extremos como huracanes y a complejas corrientes oceánicas que dificultan las tareas de contención.
El principal antecedente registrado en la zona ocurrió en 2010 con el colapso de la plataforma Deepwater Horizon, el cual tomó cerca de tres meses en ser controlado y liberó 4.9 millones de barriles de crudo. Evaluaciones del Consorcio de Investigación del Golfo de México (CIGoM) señalan que un evento de magnitud similar afectaría hábitats vulnerables como bosques de manglares, praderas de pastos marinos y lagunas salinas. Asimismo, impactaría el hábitat y corredores migratorios de 15 419 especies identificadas en la cuenca, entre ellas el delfín clímene, el tiburón ballena y áreas de anidación de tortugas marinas en el sureste y suroeste del golfo.
Las afectaciones operativas inciden de forma directa en las poblaciones locales. Ante emergencias industriales recientes —como la fuga registrada en febrero en el complejo Abkatun-Cantarell— las comunidades costeras y pesqueras han asumido las labores primarias de limpieza y han sufrido la paralización temporal de sus actividades económicas, al tiempo que especialistas señalan una persistente falta de información pública y mecanismos de monitoreo directo sobre la infraestructura estatal.
Consultada al respecto, la vocería de Petrobras indicó que el memorando con Pemex continúa en curso y declinó emitir comentarios sobre las advertencias de los especialistas, argumentando que la empresa no realiza declaraciones sobre negociaciones en desarrollo.




