Perspectiva de la industria petroquímica argentina

 

Por el doctor Alfredo Friedlander

El 27 de junio de 2012 tuvo lugar la jornada “Las empresas de ingeniería en el futuro petroquímico de la Argentina”, organizada en forma conjunta entre el Centro Argentino de Ingenieros (CAI) y el Instituto Petroquímico Argentino (IPA) en la sede de la primera de esas entidades.

El IPA presentó, a través del doctor Alfredo Friedlander, su director ejecutivo, el trabajo “Perspectiva de la industria petroquímica argentina”, cuyos aspectos salientes se repasan seguidamente.

La industria petroquímica mundial ha venido creciendo a pasos agigantados en los últimos 30 años. En 2010 su capacidad se estimaba en alrededor de 1.500 millones de toneladas anuales (Tn/a), más que triplicando el valor de 1980.

La figura 1 permite comprobar que dicho crecimiento no fue parejo en distintas regiones del mundo, registrándose los mayores aumentos en el Lejano y Medio Oriente. América latina también muestra gran dinamismo, ya que la capacidad acumulada pasó de 9 a 75  millones de Tn/a entre 1980 y 2010.

Brasil es, obviamente, el país con mayor capacidad petroquímica instalada, con alrededor del 40% del total para la región. La figura 2 muestra que sólo siete países en toda América latina poseen industria petroquímica de cierta relevancia, y que la Argentina ocupa el cuarto lugar en capacidad detrás de Venezuela. No obstante, su facturación es similar a la del país bolivariano, al tener más desarrollada la producción de productos finales (plásticos, fibras y cauchos sintéticos).

Perú, por su parte, ha iniciado la construcción de un complejo productor de amoníaco y de nitrato de amonio (principalmente para su uso en explosivos) y está analizando la instalación de otro para la elaboración de etileno y de polietilenos. Entre otros países con posibilidades de ingresar al ‘club’ de los petroquímicos en América latina se encuentra Bolivia, de manera que puede esperarse que a fines de la década haya una decena de naciones con industria petroquímica instalada.

La figura 3 muestra la evolución del balance petroquímico en la Argentina en las últimas dos décadas. En 1990 estaba prácticamente en equilibrio, con las exportaciones apenas superando a las importaciones en 18 millones de dólares. En el 2000 el déficit ya superaba los 600 millones de dólares, pero apenas dos años después era de nuevo levemente positivo (70 millones de dólares). El motivo de tal mejoría es bien conocido, al terminarse las ampliaciones en el polo de olefinas de Bahía Blanca (PBBPolisur y Solvay Indupa) y la instalación de nuevas empresas (Profertil y Compañía Mega) en dicha localización.

A partir del 2005 el déficit comienza a incrementarse y en la actualidad ya supera los 2.000 millones de dólares como resultado de un largo período de crecimiento de la economía, que no se vio acompañado por nuevas inversiones de la industria petroquímica.

Es lícito plantearse entonces por qué no se han instalado nuevas plantas en forma similar a lo que ocurriera en la segunda mitad de la década del ‘90. Cabe más de una explicación en respuesta a tal pregunta, dado que la instalación de unidades de producción requiere de la confluencia de varios factores.

Uno de ellos es la disponibilidad de las tecnologías (adquisición del know how) para la elaboración desde los básicos (olefinas, gas de síntesis y sus derivados) hasta los finales (principalmente polímeros y fertilizantes). En el mundo globalizado de hoy el factor tecnología no constituye un obstáculo, como lo prueban las importantes transferencias de dicho insumo en países como Arabia Saudita y, sobre todo últimamente, China.

Un segundo factor importante son los recursos humanos capacitados, que, como lo demostraron los responsables de las empresas de ingeniería durante la jornada mencionada, están disponibles. Compañías como Techint, Skanska, Tecna y AESA, sin que la lista sea exhaustiva, presentaron su potencial y mostraron algunos proyectos emblemáticos que certifican que la Argentina está en condiciones de llevar adelante importantes realizaciones (se pueden consultar las presentaciones en los portales del CAI y del IPA).

Otro aspecto a tener en cuenta es el relacionado con la financiación de los proyectos. Aun en la actual situación con menor crecimiento económico parece  factible obtener los recursos necesarios. No obstante, habrá que seguir de cerca las medidas que se vienen aplicando, sobre todo en lo que se refiere a la restricción de las divisas e importaciones.

Pero de todos los factores el que más gravitación tiene a la hora actual es la disponibilidad de materias primas derivadas del gas natural y del petróleo. Es bien conocido el déficit creciente de dichos insumos, que en la actualidad obliga a la reducción de la producción e incluso a paradas no programadas en la mayoría de los polos petroquímicos de la Argentina.

La dramática reducción de la reservas es lo que muestran las figuras 4 y 5, que se refieren respectivamente al gas natural y al petróleo. Por ello habrá que seguir muy de cerca las acciones que se puedan aplicar para la explotación de las aparentemente abundantes reservas de gas de esquistos (shale gas).

Por el momento, la posibilidad de que se concreten inversiones petroquímicas importantes en nuestro país parece poco probable, pero la situación puede cambiar en caso de que se solucione el problema central; es decir, la disponibilidad de materias primas.

A modo de cierre se presentan dos proyecciones de la evolución del balance petroquímico. La figura 6 (sin inversiones) pronostica que las importaciones (en volumen) alcanzarán los 3 millones de Tn en 2020. La figura 7 (con inversiones) supone que hacia fines de la década se volverá a la situación de equilibrio que ya existió en 1990 y a inicios de la década pasada.

El desafío es grande y sólo cabe desear que la situación, que por el momento se muestra difícil, pueda revertirse en pocos años. ℗

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